Joyas submarinas: los accesorios más lindos vienen del mar

Las delicias del mar también producen frutos codiciados para la industria de la moda y la joyería. 

 

@marieclaire_la

A tan solo dos kilómetros del puerto de Guaymas, un lugar muestra de cerca el proceso mediante el cual se cultivan preciadas gemas de gran belleza: las perlas del mar de Cortés.

Gracias al ingenio humano y, por supuesto, a las bondades de este grandioso mar, la granja Perlas del Mar de Cortés trabaja con estos singulares tesoros de la naturaleza para producir verdaderas piezas dignas de exhibición.

Desde tiempos coloniales, este mar se ha caracterizado por producir perlas que se distinguen por sus singulares matices de color, por lo que fueron muy apreciadas en la Nueva España y otras cortes europeas; sin embargo, esta misma apreciación hizo que se sobreexplotaran los bancos de perlas hasta que declinaron de forma abrupta.

Sin embargo, a inicios del siglo xx, un científico talentoso y empresario mexicano llamado Gastón Vives, creó la más grande granja de perlas en el mundo para obtener el cultivo de estas gemas sin depender del mar.

Con todo, la llegada de la Revolución mexicana y rencillas personales la llevaron a la destrucción. No fue sino hasta años recientes que un grupo de estudiantes del Tecnológico de Monterrey de Guaymas decidió realizar una investigación extensa sobre el tema, la cual culminó con el establecimiento de la exitosa granja de perlas que existe en la actualidad.

En ella se lleva a cabo un método con un alto porcentaje de generación de perlas, a partir de la delicada especie Pteria sterna, mejor conocida como concha nácar.

En el recorrido que se da a los visitantes se explica que las perlas, tanto cultivadas como naturales, se forman en el interior de las ostras, un género de moluscos que posee un sistema de órganos complejo que le permiten vivir en el mar, alimentándose de plancton y partí- culas de algas.

Cuando pequeños cuerpos extraños se introducen y se fijan en el interior de las otras, estas crean una capa de nácar para envolver el objeto extraño y protegerse.

Con el paso de tiempo, las sucesivas capas de nácar crean una perla. Las dificultades que enfrentan las ostras para desarrollarse plenamente de manera natural, difícilmente permiten que generen una perla con las propiedades necesarias para ser consideradas gemas: redondez, brillo y tamaño.

En promedio, solo una de cada 10000 ostras crea una perla que pueda considerarse una joya.

Por ello, el cultivo brinda las condiciones ideales para que la población de ostras sea abundante y se desarrolle a plenitud, además de injertarles el núcleo a partir del cual desarrollaran las perlas de manera precisa y oportuna para generar una gema de gran calidad.

El proceso –en el que se cuida a la ostra y se respeta su periodo de vida natural– requiere alrededor de cuatro años; aún así, un cierto porcentaje de ostras no logran desarrollar un perla satisfactoria de acuerdo los estándares de calidad de la granja, por lo que cada gema obtenida es sumamente valorada.

Al final del recorrido se pueden admirar muestras de las perlas obtenidas en la granja; cada una, bella, única e irrepetible. Si el presupuesto lo permite, se pueden adquirir distintas piezas de joyería que ofrecen en su sala de exhibición. Un proceso en el que, gracias al trabajo de las ostras y sus cultivadores, se logran obtener los magníficos tornasoles de las perlas que se reflejan bajo el intenso sol en este paraíso marino llamado mar de Cortés. 

Crédito de fotos: Getty Images e Instagram