FOMO vs JOMO: la batalla contra el síndrome de la era digital

Dos acrónimos que representan el conflicto interno de la generación web: el temor a ser excluidos por no participar obsesivamente en el flujo de la comunicación 2.0 o la búsqueda de “desinfoxicación” en un mundo de hashtags, trending topics y likes. ¿Tú de qué lado estás?

 

Pamela Cortés

Una nueva pandemia toma control sobre nosotros. Las noches silenciosas ahora se tornan en asfixiantes e improductivas horas invertidas en “refrescar” las actualizaciones de Facebook, Twitter e Instagram; recibimos toneladas de e-mails; asistimos a todas los eventos posibles y, sin embargo, mantenemos la mirada perdida en el celular (porque, claro, nuestros followers debe saber que estuvimos ahí).

El ciclo se replica ad infinítum y, al final de cuentas, llegamos a la trágica e inevitable conclusión de que tal vez el resto del mundo simplemente la está pasando mucho mejor. ¿El diagnóstico? FOMO en grado agudo. 

Siempre hemos padecido ese “miedo a perdernos de algo”, raíz de las siglas FOMO (Fear of Missing Out); pero, hoy más que nunca, vivimos expuestos a lo que los demás están haciendo -en tiempo real y con herramientas de geolocalización-; aquejados por la incertidumbre de haber tomado la decisión correcta sobre el lugar donde estamos y la actividad que realizamos. 

Dicen por ahí que el primer paso hacia la recuperación es aceptar el problema. Descubre si a estas alturas ya requieres intervención urgente y aprende a dominar tu adicción como una verdadera experta.

ABC... DE FOMO

La primera vez que el término FOMO vio la luz fue el 4 de agosto de 2010, cuando el columnista de SFGate.com, Mark Morford lo definió como una “locura persistente, surrealista y ridícula”. 

Sin embargo, no fue sino hasta un par de meses después que esta palabra se introdujo en el lingo de las masas gracias a un artículo publicado por The New York Times.

La periodista Jenna Wortham ahondó en el lado oscuro de esta condición, recurriendo al aclamado autor de Previsiblemente irracional, Dan Ariely: “Es como perder un avión por dos minutos. Imaginamos que las cosas pudieron haber sido distintas y eso provoca que nos comportemos de maneras extrañas”

ÍNDICE DE CONTAGIO

Al día de hoy, ya existen más de 845 millones de cuentas activas en Facebook; eso sin mencionar aquellas en Twitter, Instagram y Pinterest. El FOMO trasciende generaciones y culturas; no obstante, al analizar quiénes son las víctimas más frecuentes de este padecimiento, todo apunta al grupo demográfico más vulnerable y predecible: los millennials.

Alrededor del 70 por ciento de los jóvenes que nacieron entre 1982 y 2004 confiesan sentirse identificados con la expresión; destacando, sobre todo, los originarios de Reino Unido, de acuerdo con un estudio conducido por la agencia especializada en mercadotecnia J. Walter Thompson Worldwide.

Algunos individuos de la Generación X (1960-1981) también han caído en las garras del FOMO, 51 por ciento, para ser exactos. Curiosamente, los hombres en Estados Unidos parecen ser más proclives que las mujeres a sufrir esta afección; 38 contra 26 por ciento. 

Entre los catalizadores más identificables del FOMO se encuentran: los memes virales, los trending topics, los eventos hashtag-friendly y el estatus de influencer. En otras palabras, somos esclavos del “Keep Calm”, no pudimos evitar aplaudirle a #CaitlynJenner, tenemos que anunciar que fuimos a #Coachella2015 y ansiamos ser la próxima Chiara Ferragni. ¿Te suena familiar?

TRATAMIENTO

Como respuesta al frenesí que habían provocado esas infames cuatro siglas, el blogger y entrepreneur estadounidense Anil Dash acuñó el término JOMO en su portal en 2012: “Debería existir un indulgente y sereno regocijo en saber que hay otras personas afuera pasando el rato de sus vidas en algo que te hubiera encantado presenciar, pero simplemente dejaste pasar. A veces te quedas en casa porque simplemente prefieres estar ahí –para tomar un baño o ir a la cama– más que en cualquier otro lugar del mundo. Eso es JOMO (Joy of Missing Out), la alegría de perderse de algo”. 

El JOMO penetró el mundo ultramediatizado de las celebridades. La muestra más emblemática corrió a cargo de Rihanna en la entrega de los Premios Grammy 2014, pues, a la hora de ganar una estatuilla por su álbum Unapologetic, brilló por su ausencia y al día siguiente decidió provocar a los indignados subiendo una foto a Instagram de su outfit de la noche: la alfombra roja completamente vacía.

EL JUSTO MEDIO

“El FOMO se relaciona con un trastorno en el control de los impulsos y son personas que tienen una necesidad básica de pertenencia no satisfecha”, nos comentó la psicóloga Angie Bilbao, “por supuesto que nuestra naturaleza humana quiere saber qué pasa con los demás; pero estamos perdiendo la esencia de la interacción humana. El FOMO nos habla de inmadurez en nuestra relación con la tecnología”.

Por otra parte, el profesor Manuel Galván nos habló de los pros y contras de este síndrome posmoderno: “Socialmente, el FOMO ha logrado que más gente dialogue sobre temas actuales; elevando así la comunicación”, aseguró, “es común observar a ciertas personas tímidas o inadaptadas que encuentran en estas alternativas un canal para expresarse”.

No obstante, “del otro lado de la moneda se encuentran la falta de pensamiento crítico, la manipulación dirigida, la trivialización de los eventos públicos y una inexorable reducción de los ciclos mediáticos: lo que hoy es importante, mañana ya se olvidó”, continuó el experto. 

A su parecer, “las redes sociales sólo deben fungir como complementos de muchas otras experiencias . Lo correcto es dosificar y limitar su uso a ciertos momentos, programarles un espacio dentro de las actividades diarias y darles propósitos más creativos.

Tanto FOMO como JOMO ya forman parte de tu vocabulario. ¿Ahora qué? La solución no radica en elegir un bando y defenderlo a muerte; sino apreciar sus bondades, pero estar muy conscientes de que la dependencia a las redes sociales puede hablar de problemas mucho más profundos y serios que los que muestra nuestro perfil en la red.

Este artículo fue publicado en nuestra edición impresa de Septiembre 2015.