Aprender a decir adiós

Despedirse es, tal vez, una de esas situaciones que más nos cuesta trabajo, ya sea por muerte, por divorcio, por ruptura o por alguna otra razón. Muchas nos aferramos y sólo conseguimos hacernos daño.

 

Angie Bilbao

Llegó Mariana a mi consultorio, se sentó y dijo: “Hace dos semanas que terminé con Fernando y

no me lo puedo sacar de la cabeza”. “¿Y? ¿Qué quieres hacer?”, respondí. “Pues sacármelo de una vez y seguir adelante sin él”. 

Sería maravilloso tener un chip en la mente para que cuando quisiéramos olvidar un tema, una relación o una muerte, lo activáramos y ¡quedáramos liberadas!

Desafortunadamente no funciona así, decir adiós implica tener una pérdida y aceptar que es un proceso.

Las pérdidas son inevitables y universales, inherentes al ser humano.  Hoy soy quien soy gracias a las pérdidas que he afrontado y a la manera en que he lidiado con ellas. Según la filosofía oriental, lo único permanente en la vida es el cambio.

Todo se complica cuando, lejos de adaptarnos a los cambios, nos quedamos atoradas con una persona o una situación y no la soltamos. Cuando esto sucede, significa que nos hemos aferrado.

Esta conducta reprime aquellas emociones que la pérdida nos provoca y mantiene presente a la persona o situación, pero sólo en la fantasía. Surge cuando hay muchos asuntos inconclusos; es decir, emociones que no se pudieron expresar.

Reprimir nuestras emociones nos hace daño, pues llega a provocar diversas reacciones, como estar irritables, tener deseo de desquitarnos con alguien más, presentar conductas pasivo-agresivas hacia la persona que nos lastimó o incluso imaginar que algo malo le sucede.

¿Te identificas? Entonces lo mejor es trabajar para liberar las emociones reprimidas y permitir que el duelo, sí ese proceso de adaptación emocional que sigue a cualquier pérdida, continúe su proceso normal para llegar al punto de la liberación.

Lidiar con el duelo y sus fases

El duelo es un proceso que, por lo general, tiene etapas fácilmente identificables.

El periodo que dure, dependerá de la pérdida. La noticia alentadora es que, al final, es común que renazca el interés por la vida en general: personas, experiencias, proyectos...

Distintos autores han estudiado el tema; cada uno distingue diferentes fases que conforman este proceso. Elisabeth Kübler-Ross, fundadora de la tanatología, habla de cinco. En un principio las investigó con el fin de aplicarlas a enfermos terminales, sin embargo, con el tiempo se ha visto que se pueden generalizar hacia cualquier caso que implique pérdida, ya sea muerte de un ser querido, divorcio, adicciones, un diagnóstico de infertilidad, etcétera.

Negación

Algunos psicólogos también la definen como una etapa de shock. Los pensamientos predominantes son: “No puede ser”, “Es imposible”, “No puede estar pasando esto”. La única manera de salir es con el tiempo. Viviendo un día a la vez y aceptando el peso de la realidad que nos embargue en ese momento.

Enojo

Se manifiesta cuando la negación desaparece. Es entonces cuando surgen sentimientos de rabia, frustración, coraje o ira extrema. Este enojo puede ser descargado hacia personas que quizá no tengan nada que ver con la situación. La mejor manera de liberarnos de él es sacándolo, expresándolo.

Negociación

“Dios, déjame vivir un poco más, quiero ver a mi hija casarse”, “Por favor, no te lo lleves tan pronto”, “Si regresa conmigo, no volveré a dudar de él”, son algunos ejemplos del tipo de pensamientos que surgen en esta fase. La emoción predominante es la esperanza. La negociación es algo que hacemos con nosotros mismos y que nos va a llevar al siguiente punto.

Tristeza/depresión

“¿Por qué seguir?”, “¿Qué sentido tiene?”… La pena nos inunda, no encontramos sentido a nada, como si el dolor fuera más grande de lo que podemos manejar. Quizá pasamos días enteros llorando o lamentándonos. “Duele hasta el alma”. Aquí también podemos aislarnos, volvernos solitarias y no desear relacionarnos con nadie. Ojo, muchas veces el enojo y la tristeza se confunden y a veces atrás de la tristeza puede haber un gran enojo y viceversa.

Resignación

Los pensamientos están relacionados con la idea de “Así es como son las cosas”, “Es mejor así”, “No hay nada más que hacer” y surgen sentimientos de aceptación, resignación, paz o tranquilidad.

Estas fases no se dan necesariamente en este orden. Hay veces que algunas no aparecen; en otras ocasiones, se dan dos o tres al mismo tiempo, al grado de que la persona no puede identificar claramente qué siente. Sin embargo, es importante aclarar que deberá sentir al menos dos de estas emociones. 

El duelo es un periodo para descubrirnos, consentirnos y encontrar la fuerza interna que nos va a fortalecer como mujeres. Escucha tu cuerpo, tus emociones, date la oportunidad de honrarlas y expresarlas adecuadamente. Por favor, no te fuerces, ni fuerces a nadie que esté atravesando por este proceso. Recuerda que es personal, tú decides cómo llevarlo y sabrás que ha terminado cuando llegues a la etapa de integración.

Aceptación e integración

Por extraño que pueda parecerte, siempre podemos crecer a partir de las crisis. Tanto así que el ideograma chino que representa esta palabra comparte casi los mismos símbolos para crisis que para oportunidad. De ahí que sea válido pensar que de cada crisis puede surgir una oportunidad.

Al final de un duelo nos llega la oportunidad de trascender esa situación, para ello hay que aceptar todo lo bueno que nos dejó, agradecer por las bendiciones recibidas y, lo más importante: darnos la oportunidad de seguir adelante.

 

(Fotos: Pixabay)